Y llegué a Ítaca. No a la Ítaca del final, pero si a uno de sus puertos...
Y, al llegar, me pregunté: ¿cómo es posible que después de tanto recorrido lo que he encontrado no es lo que esperaba?
La princesa del norte pronto me mostró su lado más cruel y despótico, arropada por su tradición balcánica, no quiso acogerme en su seno, sino que prefirió alejarse de mi... De esta manera, ambas nos separamos, e iniciamos caminos por separado, para no volver a dirigirnos la palabra, al menos de momento.
¿Cómo es posible que en Tesalónica no haya encontrado más que decepción, tristeza y congoja?
Me vienen a la mente los versos del poeta José Hierro en su poema “Vida”:
“Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada."
Creo que no hacen falta palabras... el poema es suficientemente explícito como para entender a lo que me refiero...
